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John Paul II's 3rd Apostolic Visit to Mexico

11th - 12th August 1993

Blessed Pope John Paul II was a pilgrim to Mérida on his 3rd pilgrimage to Mexico, during his 60th apostolic voyage (on which he also visited Jamaica and went to World Youth Day Denver).

Here below are all JPII's words in Spanish (with links to the Italian) at the:
Welcome ceremony at the International Airport of Merida
To the indigenous communities at the Shrine of Our Lady of Izamal
Eucharistic Celebration for the indigenous people in Mérida
Farewell ceremony at the International Airport of Merida

Discurso del Santo Padre Juan Pablo II en la Ceremonia de Bienvenida
Aeropuerto internacional de Mérida, Miércoles 11 de agosto de 1993 - en español e italiano

"Señor Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, venerables hermanos en el episcopado, autoridades, amadísimos hermanos y hermanas:

1. Me llena de gozo encontrarme nuevamente en esta bendita tierra de México, que por los designios de Dios recibió la Buena Nueva de salvación hace cinco siglos y que, a lo largo de su historia, ha dado tantas muestras de vigorosa fe cristiana y de fidelidad a la Iglesia.

Al evocar las entrañables jornadas compartidas con los amadísimos hijos e hijas de este noble País, durante mis precedentes visitas pastorales, vienen a mi mente y a mi corazón el recuerdo de los grandes valores que adornan al pueblo mexicano: sus acendradas raíces cristianas, la fe y piedad de sus gentes, en especial la devoción mariana, su sentido de acogida, de hospitalidad, su tesón ante la adversidad, su espontáneo cariño al Sucesor de Pedro.

2. Me complace saludar, en primer lugar, al Señor Presidente de la República, que acaba de recibirme en nombre también del Gobierno y del pueblo de esta querida Nación, y le expreso mi viva gratitud por las amables palabras de bienvenida que ha tenido a bien dirigirme, así como por la invitación a visitar esta entrañable tierra yucateca. Saludo igualmente a las demás Autoridades civiles y militares, a quienes manifiesto también mi reconocimiento por su presencia y por su colaboración en la preparación de los actos programados.

Mis expresiones de gratitud se convierten en abrazo afectuoso a mis Hermanos Obispos; en particular, al Señor Cardenal Ernesto Corripio Ahumada, Arzobispo de México, a Monseñor Adolfo Suárez Rivera, Arzobispo de Monterrey y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, y al Arzobispo de esta Arquidiócesis de Yucatán, Monseñor Manuel Castro Ruiz. En esta circunstancia, no puedo por menos de dedicar un recuerdo emocionado a otro benemérito Pastor, que hoy habría estado aquí presente entre nosotros si la bárbara e injustificable violencia no hubiera segado su vida: el Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, Arzobispo de Guadalajara.

Mi pensamiento se dirige también a los queridos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles cristianos, así como a todos los hijos de la gran Nación mexicana, desde Yucatán hasta Baja California, a quienes envío a través de la radio y la televisión mi saludo lleno de afecto.

3. Con este viaje apostólico –siendo todavía recientes las conmemoraciones del V Centenario de la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo– quiero, sobre todo, rendir homenaje a los descendientes de los hombres y mujeres que poblaban el continente americano cuando la Cruz de Cristo fue plantada aquel 12 de octubre de 1492. Ellos son continuadores de nobles pueblos y culturas, que con legítimo orgullo pueden gloriarse de poseer una visión de la vida permeada de sentido religioso. Doy fervientes gracias a Dios que me concede el tan deseado encuentro con los hermanos indígenas, a quienes presento ya desde ahora mi saludo entrañable.

Vengo como heraldo de Cristo y en cumplimiento de la misión confiada al apóstol Pedro y a sus Sucesores de confirmar en la fe a los hermanos (cf. Lc 22, 32). Vengo como peregrino de amor y esperanza, con el deseo de alentar el impulso evangelizador y apostólico de la Iglesia en México. Vengo también para compartir vuestra fe, vuestros afanes, alegrías y sufrimientos. Vengo a celebrar, en esta bendita tierra del Mayab –cuna de una gloriosa civilización–, a Jesucristo, que confió a su Iglesia la tarea de proclamar en todo el mundo su mensaje de salvación.

4. La Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta Nación durante cinco siglos de su historia, renueva su voluntad de servicio a la gran causa del hombre, a la edificación de la civilización del amor, que haga posible una sociedad más justa y fraterna en la que el ideal de solidaridad triunfe sobre la caduca pretensión de dominio. Con esta visita quiero también reafirmar el empeño de los católicos mexicanos en pro del bien común y animarlos a un esfuerzo aún más generoso.

Con la confianza puesta en Dios y sintiéndome muy unido a los amados hijos de México, doy inicio a mi visita apostólica que encomiendo a la maternal protección de Nuestra Señora de Guadalupe, mientras bendigo a todos, pero de modo particular a los pobres, a los enfermos, a los marginados, a cuantos sufren en el cuerpo o en el espíritu.

¡Alabado sea Jesucristo!"

Discurso de JPII en el Encuentro con las Comunidades Indígenas
Santuario de Nuestra Señora de Izamal, Miércoles 11 de agosto de 1993 - en español e italiano

"Amadísimos hermanos y hermanas, representantes de los pueblos indígenas del Continente americano:
1. Siento un gran gozo por estar hoy con vosotros en Yucatán, espléndido exponente de la civilización Maya, para tener este encuentro tan deseado por mí, con el que quiero rendir homenaje a los pueblos indígenas de América.

Era mi deseo haber realizado esta peregrinación a uno de los lugares más representativos de la gloriosa cultura Maya, en octubre del año pasado, como momento relevante de la conmemoración del V Centenario de la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo. Hoy aquel vivo anhelo se hace realidad y doy fervientes gracias a Dios, rico en misericordia, que me permite compartir esta jornada con los descendientes de los hombres y mujeres que poblaban este Continente cuando la Cruz de Cristo fue plantada aquel 12 de octubre de 1492.

2. A vosotros, queridos hermanos y hermanas que habéis acudido a esta cita en Izamal, presento, pues, mi saludo lleno de afecto junto con mi palabra de aliento. Pero mi mensaje de hoy no se dirige sólo a los aquí presentes, sino que va más allá de los confines geográficos de Yucatán para abrazar a todas las comunidades, etnias y pueblos indígenas de América: desde la península de Alaska hasta la Tierra del Fuego.

En vuestras personas veo con los ojos de la fe a las generaciones de hombres y mujeres que os han precedido a lo largo de la historia, y deseo expresaros una vez más todo el amor que la Iglesia os profesa. Sois continuadores de los pueblos tupiguaraní, aymara, maya, quechua, chibcha, nahuatl, mixteco, araucano, yanomani, guajiro, inuit, apaches y tantísimos otros que han sido creadores de gloriosas culturas, como la azteca, maya, inca. Vuestros valores ancestrales y vuestra visión de la vida, que reconoce la sacralidad del ser humano y del mundo, os llevaron, gracias al Evangelio, a abrir el corazón a Jesús, que es “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6).

Un saludo especial, lleno de afecto, dirijo a los numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas y seminaristas indígenas, cuya presencia en Izamal nos llena de gozo e infunde viva esperanza en toda la Iglesia como protagonistas y ministros en la urgente tarea de la nueva evangelización de sus propias comunidades y etnias.

3. Vengo a esta bendita tierra del Mayab en nombre de Jesucristo, pobre y humilde, que nos dio como señal de su realidad mesiánica el anuncio de la Buena Nueva a los pobres (cf Mt 11, 6); de este Jesús que sentía compasión por las muchedumbres, que venían de todas partes a escuchar su palabra, “porque estaban fatigados y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). Vengo para cumplir la misión que he recibido del Señor de confirmar en la fe a mis hermanos (cf Lc 22, 32). Vengo a traeros un mensaje de esperanza, de solidaridad, de amor.

Al veros, queridos hermanos y hermanas, mi corazón se eleva en acción de gracias a Dios por el don de la fe que, como gran tesoro cultivaron vuestros antepasados, y que vosotros tratáis de encarnar en la vida y trasmitir a vuestros hijos. Me vienen a los labios las palabras de Jesús: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11, 25). Esta plegaria de Cristo resuena hoy con eco particular en Izamal, porque a los sencillos de corazón quiso Dios manifestar las riquezas de su Reino.

4. Desde los primeros pasos de la evangelización, la Iglesia católica, fiel al Espíritu de Cristo, fue defensora infatigable de los indios, protectora de los valores que había en sus culturas, promotora de humanidad frente a los abusos de colonizadores a veces sin escrúpulos, que no supieron ver en los indígenas a hermanos e hijos del mismo Padre Dios. La denuncia de las injusticias y atropellos, hecha por Bartolomé de Las Casas, Antonio de Montesinos, Vasco de Quiroga, José de Anchieta, Manuel de Nóbrega, Pedro de Córdoba, Bartolomé de Olmedo, Juan del Valle y tantos otros, fue como un clamor que propició una legislación inspirada en el reconocimiento del valor sagrado de la persona y, a la vez, testimonio profético contra los abusos cometidos en la época de la colonización. A aquellos misioneros, que el documento de Puebla califica como “intrépidos luchadores por la justicia y evangelizadores de la paz” (Puebla, 8), no los movían ambiciones terrenas ni intereses personales, sino el urgente llamado a evangelizar a unos hermanos que aún no conocían a Jesucristo. “La Iglesia –leemos en el Documento de Santo Domingo–, al encontrarse con los grupos nativos, trató desde el principio de acompañarlos en la lucha por su propia supervivencia, enseñándoles el camino de Cristo Salvador, desde la injusta situación de pueblos vencidos, invadidos y tratados como esclavos” (Santo Domingo, 245).

5. Con este viaje apostólico quiero, ante todo, celebrar vuestra fe, apoyar vuestra promoción humana, afirmar vuestra identidad cultural y cristiana. Mi presencia en medio de vosotros quiere ser también apoyo decidido a vuestro derecho a un espacio cultural, vital y social, como individuos y como grupos étnicos.

Lleváis en vosotros, hermanos y hermanas indígenas de América, una rica herencia de sabiduría humana y, al mismo tiempo, sois depositarios de las expectativas de vuestros pueblos de cara al futuro. La Iglesia, por su parte, afirma abiertamente el derecho de todo cristiano a su propio patrimonio cultural, como algo inherente a su dignidad de hombre y de hijo de Dios. En sus genuinos valores de verdad, de bien y de belleza, ese patrimonio debe ser reconocido y respetado. Por desgracia, hay que afirmar que no siempre se ha apreciado debidamente la riqueza de vuestras culturas, ni se han respetado vuestros derechos como personas y como pueblos. La sombra del pecado también se ha proyectado en América en la destrucción de no pocas de vuestras creaciones artísticas y culturales, y en la violencia de que tantas veces fuisteis objeto.

La Iglesia no ceja en su empeño por inculcar en todos sus hijos el amor hacia la diversidad cultural, que es manifestación de la propia identidad católica –universal– del Pueblo de Dios. Conscientes de esta realidad, los Obispos reunidos en Santo Domingo, en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, se han comprometido a “contribuir eficazmente a frenar y erradicar las políticas tendientes a hacer desaparecer las culturas autóctonas como medios de forzada integración; o, por el contrario, políticas que quieran mantener a los indígenas aislados y marginados de la realidad nacional” (Santo Domingo, 251).

6. Mirando hacia vuestras realidades concretas, debo expresaros que la Iglesia contempla vuestros auténticos valores con amor y esperanza. En el mensaje que dirigí a los pueblos indígenas con motivo de la conmemoración del V Centenario del inicio de la evangelización en tierras americanas, señalé que “la sencillez, la humildad, el amor a la libertad, la hospitalidad, la solidaridad, el apego a la familia, la cercanía a la tierra y el sentido de la contemplación, son otros tantos valores que la memoria indígena de América ha conservado hasta nuestros días y constituyen una aportación que se palpa en el alma latinoamericana” (Mensaje a los indígenas de América, 1, 12 de octubre de 1992). Por todo ello, el Papa alienta a los pueblos autóctonos de América a que conserven con sano orgullo la cultura de sus antepasados.

Sed conscientes de las ancestrales riquezas de vuestros pueblos y hacedlas fructificar. Sed conscientes, sobre todo, del gran tesoro que, por la gracia de Dios, habéis recibido: la fe católica. A la luz de la fe en Cristo lograréis que vuestros pueblos, fieles a sus legítimas tradiciones, crezcan y progresen, tanto en el orden material como espiritual, difundiendo así los dones que Dios les ha otorgado.

7. Conozco también las dificultades de vuestra situación actual y quiero aseguraros que la Iglesia, como Madre solícita, os acompaña y apoya en vuestras legítimas aspiraciones y justas reivindicaciones. Sé de no pocos hermanos y hermanas indígenas que han sido desplazados de sus lugares de origen, siendo privados también de las tierras donde vivían. Existen igualmente muchas comunidades indígenas, a lo largo y ancho del Continente americano, que sufren un alto índice de pobreza. Por eso, “el mundo no puede sentirse tranquilo y satisfecho ante la situación caótica y desconcertante que se presenta ante nuestros ojos: naciones, sectores de población, familias e individuos cada vez más ricos y privilegiados frente a pueblos, familias y multitud de personas sumidas en la pobreza, víctimas del hambre y las enfermedades, carentes de vivienda digna, de servicios sanitarios, de acceso a la cultura” (Discurso inaugural de la IV Conferencia general del episcopado latinoamericano, n. 15, 12 de octubre de 1992). Como cristianos, no podemos permanecer indiferentes ante la situación actual de tantos hermanos privados del derecho a un trabajo honesto, de tantas familias sumidas en la miseria. Ciertamente no se pueden negar los buenos resultados conseguidos en algunos países latinoamericanos por el esfuerzo conjunto de la iniciativa pública y privada. Tales logros, sin embargo, no han de servir de pretexto para soslayar los defectos de un sistema económico cuyo motor principal es el lucro, donde el hombre se ve subordinado al capital, convirtiéndose en una pieza de la inmensa máquina productiva, quedando su trabajo reducido a simple mercancía a merced de los vaivenes de la ley de la oferta y la demanda.

8. Son situaciones muy serias, de sobra conocidas, que están reclamando soluciones audaces que hagan valer las razones de la justicia. La doctrina social de la Iglesia ha sido constante en defender que los bienes de la creación han sido destinados por Dios para servicio y utilidad de todos sus hijos. De ahí que nadie debe apropiárselos o destruirlos irracionalmente olvidando las exigencias superiores del bien común.

Por todo ello, deseo dirigirme a las instancias responsables en el ámbito de la promoción social en todo el Continente, para invitarlas a poner todos los medios a su alcance en orden a aliviar los problemas que hoy aquejan a los indígenas, de tal manera que los miembros de estas comunidades puedan llevar una vida más digna como trabajadores, ciudadanos e hijos de Dios. Desde Izamal, marco de la gloriosa cultura maya, quiero lanzar también un llamamiento a las sociedades desarrolladas para que, superando los esquemas económicos que se orientan de modo exclusivo al beneficio, busquen soluciones reales y efectivas a los graves problemas que afectan a amplios sectores de población del Continente.

Queridos hermanos y hermanas indígenas: al veros aquí en tan gran número, convocados por la común fe cristiana para encontraros con el sucesor del apóstol Pedro, siento el deber de haceros una llamada a la solidaridad, a la hermandad sin fronteras. El saberos hijos del mismo Dios, redimidos por la sangre de Jesucristo, ha de moveros, bajo el impulso de la fe, a fomentar solidariamente las condiciones necesarias que hagan de las sociedades en que vivís un lugar más justo y fraterno para todos. Esta solidaridad, a la que como Pastor de la Iglesia universal os invito, echa sus raíces no en ideologías dudosas y pasajeras, sino en la perenne verdad de la Buena Nueva que nos trajo Jesús.

9. Frente a no pocos factores negativos que a veces podrían llevar al pesimismo y al desaliento, la Iglesia sigue anunciando con fuerza la esperanza en un mundo mejor, porque Jesús ha vencido al mal y al pecado. La Iglesia no puede en modo alguno dejarse arrebatar por ninguna ideología o corriente política la bandera de la justicia, la cual es una de las primeras exigencias del Evangelio y, a la vez, fruto de la venida del Reino de Dios. Esto forma parte del amor preferencial por los pobres y no puede desligarse de los grandes principios y exigencias de la doctrina social de la Iglesia, cuyo “ objeto primario es la dignidad personal del hombre, imagen de Dios, y la tutela de sus derechos inalienables ”. A este propósito, los Obispos latinoamericanos, en las Conclusiones de la Conferencia de Santo Domingo, se comprometen a “ asumir con decisión renovada la opción evangélica y preferencial por los pobres, siguiendo el ejemplo y las palabras del Señor Jesús, con plena confianza en Dios, austeridad de vida y participación de bienes ”. Por su parte, y como gesto de solidaridad, la Santa Sede ha creado la Fundación “Populorum progressio”, que dispone de un fondo de ayuda en favor de los campesinos, indios y demás grupos humanos del sector rural, particularmente desprotegidos en América Latina.

10. Sed vosotros, queridos hermanos y hermanas indígenas, asistidos siempre por la fe en Dios, por vuestro trabajo honrado y apoyándoos en adecuadas formas de asociación para defender vuestros legítimos derechos, los artífices incansables de vuestro propio desarrollo integral: humano y cristiano. Por ello, la noble lucha por la justicia nunca os ha de llevar al enfrentamiento, sino que en todo momento habéis de inspiraros en los principios evangélicos de colaboración y diálogo, excluyendo toda forma de violencia; pues la violencia y el odio son perniciosas semillas incapaces de producir algo que no sea odio y violencia. ¡No os dejéis abatir o atemorizar por las dificultades! Sabed que el presente y el futuro de vuestros países está también en vuestras manos y depende de vuestro esfuerzo. Vuestro trabajo es un quehacer noble y ennoblecedor, pues os lleva a colaborar con Dios creador y a servir a los demás hombres hermanos nuestros.

Antes de terminar, deseo dirigirme a los sacerdotes, religiosos, religiosas, catequistas y tantos agentes de pastoral, que desempeñan abnegadamente su labor en las comunidades de hermanos indígenas de todo el Continente, para alentarles a continuar en sus tareas apostólicas en plena comunión con sus Pastores y con las enseñanzas de la Iglesia, siendo instrumentos de santificación mediante la palabra y los sacramentos. En el ministerio que ejercen están llamados, sobre todo, a dar testimonio de santidad y entrega, conscientes de que se trata de una labor de carácter religioso. No es admisible, por tanto, que intereses extraños al Evangelio enturbien la pureza de la misión que la Iglesia les ha confiado.

11. Al concluir este encuentro con vosotros, hermanos y hermanas indígenas de América, en la fe y el amor que nos une, elevo mi ferviente plegaria a Nuestra Señora de Guadalupe para que ella os proteja siempre y se haga realidad la promesa que, en la colina del Tepeyac, hizo un día al indio Juan Diego, insigne hijo de vuestra misma sangre a quien tuve el gozo de exaltar al honor de los altares: “Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige; no se turbe tu corazón; no temas esa enfermedad ni otra enfermedad y angustia. ¿No estoy yo aquí que soy tu Madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No soy yo tu salud? ¿No estás por ventura en mi regazo?” (Nican Mopohua).

Desde Izamal, Yucatàn, invocando abundantes gracias divinas sobre todos los queridos hermanos y hermanas indígenas del Continente americano, os bendigo de corazón en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén."

Homilía del Beato Juan Pablo II en la Santa Misa para Los Fieles de la Diócesis de Mérida y Las Poblaciones Indígenas
Explanada de Xoclán-Muslay, Mérida, Miércoles 11 de agosto de 1993 - en español e italiano

"Venerables hermanos en el episcopado, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, amadísimos hermanos y hermanas:

“Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5, 13).

1. Son palabras de Jesús a sus discípulos, que hemos escuchado en la lectura del Evangelio en esta solemne celebración eucarística. Son palabras que hoy, el Sucesor de Pedro, en nombre del Señor, repite con gozo a todos vosotros, congregados en Mérida para dar fervientes gracias a Dios por el don de la fe cristiana.

Yucatán es el nombre sonoro y expresivo de esta tierra, que hoy se encuentra en millones de labios a lo largo y ancho de América Latina y de todo el mundo. Convocados por el Señor Jesús, vivo y operante en su Iglesia, que hoy como ayer sigue hablando en lo más íntimo de cada hombre, queremos celebrar la llegada de su mensaje de salvación a los pueblos de este bendito Continente. En él, bajo la acción del Espíritu, se hicieron fecundas las “semillas del Verbo”, presentes en el hondo sentido religioso de sus culturas, y se abrió su corazón a “la Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9).

¡Qué hermoso es reunirse para celebrar la misma fe y la misma vida en Cristo! Vosotros y yo somos no sólo fruto, sino también sembradores de las palabras de Jesús: “Id y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28, 19), es decir, apóstoles de la nueva evangelización a la que, en virtud de nuestro bautismo, estamos todos llamados. Por eso, el Señor nos recuerda hoy nuevamente que somos “la sal de la tierra, la luz del mundo” (cf Mt 5, 13-14).

2. Mi saludo en esta bendita tierra de Yucatán, que acogió la Buena Nueva de Jesucristo, quiere estar en sintonía con vuestro gozo por la fe recibida, germen de una nueva vida que transforma toda la existencia según los designios providenciales de Dios. Os saludo, pues, hermanos Obispos de México aquí presentes, así como a los de las distintas Naciones de América Latina que habéis querido uniros a nuestra celebración. En particular, a Monseñor Manuel Castro Ruiz, Pastor de esta amada Arquidiócesis que hoy nos acoge. Igualmente doy mi más cordial bienvenida a las Autoridades civiles y militares que nos acompañan.

Os saludo, queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, que continuáis con ejemplar dedicación la labor de llevar el Evangelio a todos los ambientes. Os saludo, amadísimos fieles de Mérida, de Yucatán y de todo México, que con ilusión y alegría habéis esperado este encuentro de fe y amor. Y, de un modo especial, os saludo a vosotros, hermanos y hermanas indígenas, que representáis a las comunidades y etnias no sólo de Yucatán y México, sino también de todo el Continente americano, a la vez que os reitero el particular amor que la Iglesia os profesa.

3. “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5, 13). Son palabras que el Señor dirige hoy a vosotros, reunidos aquí en la península de Yucatán: os lo dice a vosotros, descendientes de los primeros habitantes de México y del Continente americano. En la fe cristiana, sois verdaderamente la sal de la tierra. Antes de que llegaran aquí los habitantes de otros continentes, vosotros habíais ya dado a esta tierra el sabor de las fatigas de vuestro trabajo y de vuestros sufrimientos, la riqueza de vuestras culturas ancestrales, de vuestros valores humanos, de vuestras lenguas. Pero con la fe cristiana todo ello recibió un significado nuevo y más profundo. Vosotros, que habéis acogido en vuestro corazón el mensaje salvador de Cristo, sois, pues, sal de la tierra porque habéis de contribuir a evitar que la vida del hombre se deteriore o que se corrompa persiguiendo los falsos valores, que tantas veces se proponen en la sociedad contemporánea. Vosotros sois sal de esta tierra, tierra mexicana, tierra americana.

Hoy vengo entre vosotros para rendir homenaje a los descendientes de los antiguos habitantes de América; para dar gloria a la divina Providencia, que les confió esta tierra para hacerla fecunda y fructífera según los designios del Creador, que ha destinado los bienes de la creación para servicio y utilidad de toda la familia humana.

La Iglesia, como Madre y Maestra, hace suyos los problemas que afectan al hombre, y en especial a los más pobres y abandonados, y trata de iluminarlos desde el Evangelio. Por eso, en la construcción de una sociedad más justa y fraterna, la doctrina social de la Iglesia propone siempre la primacía de la persona sobre las cosas (Centesimus annus, 53-54), de la conciencia moral sobre los criterios utilitaristas, que pretenden ignorar la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios.

4. Cristo, luz del mundo (cf Jn 8, 12), nos exhorta hoy a que nosotros seamos también luz ante los hombres para que, viendo nuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos (cf Mt 5, 16). Cristo, “luz verdadera, que ilumina todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9), es el Verbo proclamado por san Juan en el prólogo de su Evangelio (Jn 1, 1-4): el Hijo eterno, consustancial con el Padre. La Vida estaba en Él, y Él la ha traído al mundo. “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él... tenga la vida eterna” (Jn 3, 16).

Ésta es la prueba suprema del amor de Dios a los hombres desde toda la eternidad: la Encarnación del Verbo. Y también vosotros, queridos hermanos y hermanas, habéis sido objeto de ese amor de predilección por parte de Dios; también por amor vuestro se encarnó su Hijo Unigénito. También a vosotros Dios Padre os lo entrega como Salvador, para que tengáis la vida eterna. “Ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo” (Jn 17, 3).

5. Se han cumplido quinientos años de la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo. El ardor apostólico y la entrega generosa de una pléyade de misioneros hicieron posible la implantación de la Iglesia de Cristo en este Continente. Hoy, cuando damos fervientes gracias a Dios por la fe recibida y por los abundantes dones con que ha querido bendecir a América, el Señor nos recuerda que somos sal de la tierra y luz del mundo, y nos envía a proclamar la Buena Nueva de la salvación.

El mandato misionero de Jesús (cf Mc 16, 15) se hace hoy llamado urgente, dirigido a todos y cada uno de los bautizados. Se dirige a los padres y madres de familia, invitándolos a hacer de su casa un hogar cristiano, evangelizado y evangelizador, a ejemplo del hogar de Nazareth. Se dirige a los jóvenes para que se conviertan en heraldos y defensores de la civilización de la solidaridad y del amor entre los hombres. Se dirige a los trabajadores y campesinos, para que transformen el propio trabajo en un instrumento de hermandad, justicia y solidaridad. Se dirige a los profesionales y a los hombres de cultura, para que impregnen las realidades temporales con el espíritu evangélico, que es espíritu de verdad y de amor. Se dirige a quienes desempeñan responsabilidades públicas en bien de la comunidad, para que dediquen con honestidad lo mejor de sí en favor de la pacífica convivencia, la libertad y el desarrollo.

6. Cristo es la luz del mundo, pues en Él se ha revelado la Vida. Se ha revelado mediante la palabra del Evangelio, pero sobre todo se ha revelado mediante su muerte redentora en la Cruz. Ha ofrecido en sacrificio al Padre su vida en expiación por los pecados del mundo. Y con este sacrificio cruento Él ha vencido el pecado y la muerte. En el Gólgota aceptó la muerte, pero al tercer día resucitó y vive para siempre. Vive para darnos su Vida. De este modo, Cristo es aquella Luz, aquella Vida que ha demostrado ser más fuerte que la muerte. En Él está la Vida divina, que es Luz para los hombres (cf Jn 1, 4). Cristo, luz del mundo, os está enviando hoy a vosotros hermanos y hermanas, descendientes de los antepasados, os está enviando a vosotros en el camino de la vida. Éste es el camino de verdad, es el camino de siempre y de la nueva evangelización.

La Buena Nueva de Cristo, vencedor de la muerte y redentor del género humano, fue anunciada hace cinco siglos a los pobladores de este Continente y muchos de vuestros antepasados la acogieron como mensaje de salvación: recibieron la luz que brilla en las tinieblas. Nosotros, hoy, agradecemos esta acogida de los corazones humanos, esta acogida de la verdad de la vida eterna implantada en América Latina, en Yucatán, en México a través de la primera evangelización. También vosotros, queridos hermanos y hermanas, gracias al Evangelio, habéis recibido la luz y estáis llamados a dar valientemente testimonio de ella. Cada uno de vosotros ha de sentirse llamado a ser sal de la tierra y luz del mundo. Habéis de ser sal que preserva de la corrupción y que da sabor a los frutos de la tierra. Habéis de iluminar a los que os rodean mediante vuestra caridad; caridad que es amar a los demás como Cristo nos ha amado (cf Jn 15, 12). Ésta es la evangelización de ayer, de hoy y para siempre.

7. Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois la luz del mundo. Os lo dice Cristo mismo, que es la Luz. Lo dice también con el ejemplo de su vida, con la verdad de sus sufrimientos, con su muerte en la Cruz.

Cuando el Apóstol Pablo, en la carta a los Romanos, exhorta a los cristianos a no devolver a nadie mal por mal; buscando hacer el bien delante de todos los hombres (cf Rm 12, 17), lo hace porque ése es el auténtico mensaje de Cristo. ¿No es verdad que Jesús nos ha enseñado a rezar al Padre con estas palabras: “perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”? (cf Mt 6, 12; Lc 11, 4). ¿No es verdad que el Señor desde la cruz ha orado por aquellos que le ofendían: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”? (Lc 23, 34). Perdonando y amando Cristo consiguió su victoria. Para que nosotros consigamos también nuestra victoria, san Pablo nos exhorta con estas palabras: “¡No te dejes vencer por el mal, mas vence el mal con el bien!” (Rm 12, 21).

8. Queridos hermanos y hermanas, a vosotros, que habéis sido víctimas de tantas injusticias, se refiere también la exhortación del Apóstol: “¡No os dejéis vencer por el mal, mas venced el mal con el bien!” (Ibíd.). Os repito las palabras que os dirigí en mi mensaje con ocasión del V Centenario de la evangelización de América: “El mundo tiene siempre necesidad del perdón y de la reconciliación entre las personas y entre los pueblos. Solamente sobre estos fundamentos se podrá construir una sociedad más justa y fraterna” ((Mensaje a los indígenas de América, n 6, 12 de octubre de 1992). Una sociedad de ayer, de hoy y para siempre: una sociedad mexicana, una sociedad americana, una sociedad humana y una sociedad cristiana.

Sois un pueblo mariano, devoto de la Virgen, Madre de todos los cristianos y Reina de la paz. Una paz que es fruto de la aceptación del sufrimiento y del dolor, así como lo fue en la vida de la Virgen. Pero una paz que es fruto también de vuestro esfuerzo por vencer “el mal con el bien” (Rm 12, 21). Que la Virgen de Guadalupe os proteja y sea la estrella que os guíe en vuestro camino, para que seáis siempre sal de la tierra y luz del mundo. Hermanos y hermanas, qué hermoso es reunirse para celebrar la misma fe, la misma vida en Cristo. Vosotros, yo, somos no sólo fruto, sino también los sembradores de las palabras de Jesús, para hacer discípulos a todas las gentes; es decir, apóstoles de la nueva evangelización: porque en virtud de nuestros Bautismo, estamos llamados. Qué hermoso es reunirse para celebrar la misma fe, la misma vida en Cristo, la misma Eucaristía.

Así sea."

Discurso del Beato Juan Pablo II en la Ceremonia de Despedida
Aeropuerto internacional de Mérida, Jueves 12 de agosto de 1993 - en español e italiano

"Excelentísimas autoridades, venerables hermanos en el episcopado, amadísimos hermanos y hermanas:

1. Mi tercer viaje pastoral a México toca a su fin. De nuevo he sentido el gozo inmenso de encontrarme con un pueblo de hondas raíces cristianas, que tan estrechos lazos de comunión y sintonía estableció con el Sucesor del apóstol Pedro, durante las visitas que en 1979 y 1990 me permitieron recorrer gran parte de la geografía de este querido país, como peregrino de evangelización.

Llega a su término un nuevo viaje apostólico que, en el nombre del Señor, he tenido el gozo de realizar, cumpliendo así mi ferviente deseo de rendir homenaje a los descendientes de los hombres y mujeres que poblaban el continente americano a la llegada del Evangelio al Nuevo Mundo. Llevo grabado en mi corazón el entrañable encuentro en Izamal con las comunidades indígenas de América, a quienes he querido hacer patente el amor preferencial del Papa y de la Iglesia, y a la vez, reiterarles una vez más el firme repudio de las injusticias, violencias y abusos de que han sido objeto a lo largo de la historia. Pido insistentemente a Dios que las resoluciones en favor de los indígenas, aprobadas por mis Hermanos Obispos de América Latina en la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano –que tuve el gozo de inaugurar el pasado mes de octubre en Santo Domingo, con motivo de la conmemoración del V Centenario de la Evangelización– sean decididamente llevadas a la práctica, poniendo especial énfasis en “promover en los pueblos indígenas sus valores culturales autóctonos mediante una inculturación de la Iglesia para lograr una mayor realización del Reino” (Santo Domingo, III, 3.2.1).

2. En estos momentos de despedida mi pensamiento hecho plegaria se dirige a Dios, rico en misericordia, que me ha concedido la gracia de compartir una jornada de intensa comunión en la fe y en la caridad con representantes de las diversas etnias indígenas de América en esta bendita tierra del Mayab, junto con los muy queridos hijos yucatecos. A todos ellos he querido proclamar la esperanza que viene de Dios y alentarlos a consolidar la fe recibida.

Dirigiéndome ahora también a todo el amadísimo pueblo mexicano, repito: ¡Reavivad vuestras raíces cristianas! ¡Sed fieles a la fe católica que ha iluminado el camino de vuestra historia! No dejéis de testimoniar valientemente vuestra condición de creyentes, actuando con coherencia en el ejercicio de vuestras responsabilidades familiares, profesionales y sociales.

3. He comprobado cómo el pueblo de México va consiguiendo positivos logros en el desarrollo cívico e institucional. Movido por el amor que os profeso, mi oración se dirige a Dios para que os asista en vuestra voluntad de afrontar con ánimo sereno y con gran esperanza los problemas que os aquejan, haciendo lo que esté en vuestra mano para encontrar soluciones por el camino de la fraternidad, el diálogo y el respeto mutuo, y fomentando los valores evangélicos como factor de cohesión social, de solidaridad y de progreso. Que los sacrificios que comportan la superación de las actuales dificultades económicas sean compartidos por todos con equidad, con espíritu de solidaridad y con entrega al trabajo. Por mi parte, además de animaros, pido al Señor que vuestros esfuerzos, vuestra actitud constructiva y vuestra capacidad creadora os lleve a alcanzar la ansiada meta de un nuevo México en el que reine la paz, la justicia, la solidaridad.

4. Antes de terminar, deseo expresar mi más vivo agradecimiento a las Autoridades de la Nación, así como a las del Estado de Yucatán, por la colaboración prestada para el buen desarrollo de mi visita pastoral. Que el Señor premie los esfuerzos que realizan por el bien común de todos los mexicanos. Este agradecimiento se dirige al Señor Presidente de la República de los Estados Unidos Mexicanos, a la Señora Gobernadora aquí presente y a todos vuestros colaboradores.

A mis Hermanos Obispos, junto con mi gratitud por su presencia y por su dedicación pastoral para dar en sus Iglesias particulares un vigoroso impulso a las tareas de la nueva evangelización, les pido que transmitan a los amadísimos hijos de sus respectivas diócesis el saludo entrañable del Papa, que ruega fervientemente a Dios para que inspire en todos un renovado compromiso de vida cristiana, de fidelidad a Cristo, de voluntad de servicio y ayuda a los hermanos, particularmente a los más necesitados. Igualmente, mi profundo agradecimiento a los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a tantos laicos que tan generosamente han contribuido a la preparación y realización de las diversas celebraciones. Aunque mi viaje se ha circunscrito a Yucatán, mi espíritu ha estado siempre muy cercano a todos y cada uno de los mexicanos: familias, jóvenes y niños, campesinos y obreros, intelectuales y dirigentes, minorías étnicas, pobres y enfermos. A todos llevo en mi corazón y de todos guardaré un imborrable recuerdo. Muchas gracias; sí, sé que todo el mundo quiere al Papa, todos los mexicanos quieren al Papa, todos, especialmente los de Yucatán. Se escucha bien a los ciudadanos de Yucatán. Bien, bien, sí, en esta aclamación se pueden distinguir los mexicanos en todo el mundo. Sí, pero se debe terminar; bien, pienso que los pueden escuchar también en Denver. Esta aclamación se podía escuchar en Denver. El Papa estará allí.

Mi última mirada desde tierras yucatecas, antes de partir para Denver, se dirige al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. A Ella encomiendo los frutos eclesiales de la Jornada Mundial de la Juventud y a sus pies me postro espiritualmente para pedirle fervientemente que proteja siempre a todos los mexicanos, y que acreciente en ellos su fe cristiana, que es parte de la noble alma de México, tesoro de su cultura, aliento y fuerza para construir un futuro mejor en la libertad, la justicia y la paz.

¡Que Dios bendiga a México!
¡Que Dios bendiga a todos los hijos e hijas de esta amada Nación!
¡Alabado sea Jesucristo!"

 

 

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