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Santiago de Compostela, Spain

"Santiago de Compostela is a place that has рlауеd a very important role in the history of Christianity; and so, its spiritual message is in itself very eloquent. Throughout the centuries the рlасе has been a "point of attraction and convergence for Europe and for the whole of Christendom... all Europe gathered around the 'memory' of James during the very centuries when it was building itself into a homogeneous and spiritually united continent" (cfr. "European Act" at Santiago de Compostela, 9 November 1982, in Insegnamenti V/3, 1982, pp. 1257-1258).

At the tomb of St James we want to learn that our faith has historical foundations; it is not something vague and transient. In the world of today, marked by a serious relativism and great confusion in values, we must always remember that, as Christians, we are truly built up on the stable foundations of the Apostles, with Christ himself as the cornerstone (сfr Eph 2:20).

At the tomb of the Apostles, we also want to receive again Christ's mandate: "You shall be my witnesses... Right to the ends of the earth" (Acts 1:8). St James was the first to seal his witness of faith with his own blood. For all of us he is an example and an excellent teacher.

Santiago de Compostela is not only a Sanctuary. It is also a route: a closely-woven network of pilgrimage roads. The "Santiago 'Trail" was for centuries a pathway to conversion and an extraordinary witness to faith. Along this way arose visible monuments to the pilgrims' faith: churches аnd hospices.

Pilgrimage has a very deep spiritual significance; it can represent in itself an important form of catechesis. The Church - as the Second Vatican Council reminded us - is, indeed, a people of God on the march, "in search of a future and permanent city" (cfr. Lumen Gentium, n. 9). In the world today there is a revival of the practice of going on pilgrimage, especially among the youth. Today, you are among those more inclined to experience a pilgrimage as a "way" to interior renewal, to a deepening of faith, a strengthening of the sense of communion and solidarity with your brothers and sisters and as a help in discovering your personal vocation."

- Blessed John Paul II - World Youth Day Message 1989 - in English, French, Italian & Spanish

Santiago de Compostela

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The 4th World Youth Day (the 2nd international Jornada Mundial de la Juventud) was at Santiago de Compostela with Blessed John Paul II in 1989.

3 2us by Father Javier Igea       

"After Christ sent his apostles to the end of the world, St James came to the end of the world which was thought in those times to be in North Western coast of Spain … The city of Santiago where his tomb now is is one of the main sanctuaries of Christianity, a place of pilgrimage .. Pope John Paul said that Santiago and the Camino was a prominent part in the construction of Europe .. To say Santiago is the same as to say to become a pilgrim, to pilgrimage .. Life is a pilgrimage, a pilgrim has to travel with a very light backpack...somebody who goes through, who is weak, who goes through dangers ..All these symbols are symbols for life. We cannot carry many things in our life, we have to love God above every other thing. . A true pilgrim in life has to be poor, has only to put what is needed in his life which is the love of God our Saviour, a pilgrim should always be moving, in spiritual life we say that a pilgrim cannot stop growing, cannot say 'it is enough, I am not going to continue walking, I have loved enough, I do not need to grow in love' ..that is not going to the goal of our pilgrimage which is the greater Love."  

Feast day of Santiago - 25th July

Homilía de Juan Pablo II:
Misa del Peregrino - Santiago de Compostela
9 de noviembre de 1982 - in italiano & español

"Queridos hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas:

1. Llego hoy a la última etapa de mi viaje por tierras de España, precisamente en el lugar que los antiguos llamaban “Finis terrae” y que ahora es una ventana abierta hacia las nuevas tierras, también cristianas, que están más allá del Atlántico.

He pasado ya por diversas Iglesias locales, diseminadas por la espléndida geografía de este querido país. He visitado también algunos santuarios, y en este momento me encuentro cerca de uno de los lugares sagrados más célebres en la historia, famoso en el mundo entero: la catedral basílica que encierra la tumba de Santiago, el Apóstol que —según la tradición— fue el evangelizador de España.

Esta hermosa ciudad, Compostela, ha sido durante siglos la meta de un camino, trazado sobre la tierra de Europa por las pisadas de los peregrinos que, para no extraviarse, miraban los signos estelares del firmamento. Peregrino soy yo también. Peregrino-mensajero que quiere recorrer el mundo, para cumplir el mandato que Cristo dio a sus Apóstoles, cuando los envió a evangelizar a todos los hombres y a todos los pueblos. Peregrino traído a España por Teresa de Jesús, he admirado los frutos de la tarea evangelizadora que tantos miles de discípulos de Cristo han realizado a lo largo de veinte siglos de historia cristiana. Peregrino que ha recorrido las benditas tierras hispanas, sembrando a manos llenas la palabra del Evangelio, la fe y la esperanza.

Ahora estoy con vosotros, queridos hermanos y hermanas, venidos de todas las diócesis de Galicia y de tantas partes de España. En esta Misa del peregrino, el Obispo de Roma os saluda a todos con afecto eclesial: a vuestros prelados y a todos los participantes. Me alegra veros aquí tan numerosos y saber que durante todo el Año Santo Compostelano, diversos millones de peregrinos —más que en los precedentes Años Santos— han venido a Santiago en busca de perdón y de encuentro con Dios.

Vamos a celebrar la Eucaristía: el culmen y centro de nuestra vida cristiana, la meta a la que nos lleva la ruta de la penitencia, de la conversión, de la búsqueda incesante del Señor, actitud propia del cristiano, que siempre debe estar en camino hacia El.

2. Depositada en el mausoleo de vuestra catedral, guardáis la memoria de un amigo de Jesús, de uno de los discípulos predilectos del Señor, el primero de los Apóstoles que con su sangre dio testimonio del Evangelio: Santiago el Mayor, el hijo de Zebedeo.

Los representantes del Sinedrio pretendieron imponer la ley del silencio a Pedro y a los Apóstoles que “atestiguaban con gran poder la resurrección del Señor Jesús, y gozaban todos ellos de gran favor” (Act. 4,33); “os hemos ordenado— les dijeron— que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre” (Ibíd.. 5, 28).

Pero Pedro y los Apóstoles respondieron: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero. Pues a ése le ha levantado Dios a su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel penitencia y la remisión de los pecados. Nosotros somos testigos de esto, y lo es también el Espíritu Santo, que Dios otorgó a los que le obedecen”(Ibid. 5, 29-32).

La misión de la Iglesia comenzó a realizarse precisamente gracias al hecho de que los Apóstoles, llenos del Espíritu Santo recibido en el Cenáculo el día de Pentecostés, obedecieron a Dios antes que a los hombres.

Esta obediencia la pagaron con el sufrimiento, con la sangre, con la muerte. La furia de los jerarcas del Sinedrio de Jerusalén se estrelló con una decisión inquebrantable, la decisión que a Santiago el Mayor le llevó al martirio, cuando Herodes— como nos dicen los Hechos de los Apóstoles— “echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarlos. Y dio muerte a Santiago, hermano de Juan, por la espada”.

El fue el primero de los Apóstoles que sufrió el martirio. El Apóstol que desde hace siglos es venerado por toda España, Europa y la Iglesia entera, aquí en Compostela.

3. Santiago era hermano de Juan Evangelista. Y éstos fueron los dos discípulos a quienes— en uno de los diálogos más impresionantes que registra el Evangelio— Jesús hizo aquella famosa pregunta: “¿Podéis beber el cáliz que yo tengo que beber? Y ellos respondieron: Podemos”.

Era la palabra de la disponibilidad, de la valentía; una actitud muy propia de los jóvenes, pero no sólo de ellos, sino de todos los cristianos, y en particular de quienes aceptan ser apóstoles del Evangelio. La generosa respuesta de los dos discípulos fue aceptada por Jesús. El les dijo: “Mi cáliz lo beberéis”.

Estas palabras se cumplieron en Santiago, hijo de Zebedeo, que con su sangre dio testimonio de la resurrección de Cristo en Jerusalén. Jesús había hecho la pregunta sobre el cáliz que habían de beber los dos hermanos, cuando la madre de ellos, según hemos leído en el Evangelio, se acercó al Maestro, para pedirle un puesto de especial categoría para ambos en el Reino. Pero Cristo, tras constatar su disponibilidad a beber el cáliz, les dijo: “Beberéis mi cáliz; pero el sentarse a mi diestra o a mi siniestra no me toca a mí otorgarlo; es para aquellos para quienes está dispuesto por mi Padre”.

La disputa para conseguir el primer puesto en el futuro reino de Cristo, que su comitiva se imaginaba de un modo demasiado humano, suscitó la indignación de los demás Apóstoles. Fue entonces cuando Jesús aprovechó la ocasión para explicar a todos que la vocación a su reino no es una vocación al poder sino al servicio, “así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos”.

En la Iglesia, la evangelización, el apostolado, el ministerio, el sacerdocio, el episcopado, el papado, son servicio. El Concilio Vaticano II, bajo cuya luz camina el Pueblo de Dios en esta recta final del siglo XX, nos ha explicado magníficamente, en varios de sus documentos, cómo se sirve, cómo se trabaja y cómo se sufre por la causa del Evangelio. Se trata de servir al hombre de nuestro tiempo como le sirvió Cristo, como le sirvieron los Apóstoles. Santiago el Mayor cumplió su vocación de servicio en el reino instaurado por el Señor, dando, como el Divino Maestro, “la vida en rescate por muchos”.

4. Aquí, en Compostela, tenemos el testimonio de ello. Un testimonio de fe que, a lo largo de los siglos, enteras generaciones de peregrinos han querido como “tocar” con sus propias manos o “besar” con sus labios, viniendo para ello hasta la catedral de Santiago desde los países europeos y desde Oriente. Los Papas impulsaron por su parte este peregrinaje, que también tenía como metas Roma y Jerusalén.

El sentido, el estilo peregrinante es algo profundamente enraizado en la visión cristiana de la vida y de la Iglesia. El camino de Santiago creó una vigorosa corriente espiritual y cultural de fecundo intercambio entre los pueblos de Europa. Pero lo que realmente buscaban los peregrinos con su actitud humilde y penitente era ese testimonio de fe al que me he referido antes: la fe cristiana que parecen rezumar las piedras compostelanas con que está construida la basílica del Santo. Esa fe cristiana y católica que constituye la identidad del pueblo español.

Al final de mi visita pastoral a España, aquí, cerca del santuario del Apóstol Santiago, os invito a reflexionar sobre nuestra fe, en un esfuerzo para conectar de nuevo con los orígenes apostólicos de vuestra tradición cristiana. En efecto, la Iglesia de Cristo, nacida en El, crece y madura hacia Cristo a través de la fe transmitida por los Apóstoles y sus sucesores. Y desde esa fe ha de afrontar las nuevas situaciones, problemas y objetivos de hoy. Viviendo la contemporaneidad eclesial en actitud de conversión, en servicio a la evangelización, ofreciendo a todos el diálogo de la salvación, para consolidarse cada vez más en la verdad y en el amor.

5. La fe es un tesoro que “llevamos en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no parezca nuestra”.

La fe de la Iglesia tiene su origen y fundamento en el mensaje de Jesús que los Apóstoles extendieron por todo el mundo. Por la fe, que se manifiesta como anuncio, testimonio y doctrina, se transmite sin interrupción histórica la revelación de Dios en Jesucristo a los hombres.

Los Apóstoles, predicando el Evangelio, entablaron con los hombres de todos los pueblos un diálogo incesante que parece resonar con especiales acentos aquí, junto al a testimonio” del Apóstol Santiago y de su martirio. De este incesante diálogo nos habla la Carta a los Corintios en el pasaje que hemos leído hoy durante la proclamación de la Palabra.

Dice San Pablo y parece decirlo aquí Santiago: “Llevamos siempre en el cuerpo el suplicio mortal de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro tiempo. Mientras vivimos, estamos siempre entregados a la muerte por amor de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste también en nuestra carne mortal”.

Los peregrinos parecen responder: “Creí, por eso hablé... sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará y nos hará estar con vosotros . . . para que la gracia difundida en muchos, acreciente la acción de gracias para gloria de Dios”.

Así perdura en Compostela el testimonio apostólico y se realiza el diálogo de las generaciones a través del cual crece la fe, la fe auténtica de la Iglesia, la fe en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado para ofrecernos la salvación. El, rico en misericordia, es el Redentor del hombre.

Una fe que se traduce en un estilo de vida según el Evangelio, es decir, un estilo de vida que refleje las bienaventuranzas, que se manifieste en el amor como clave de la existencia humana y que potencie los valores de la persona, para comprometerla en la solución de los problemas humanos de nuestro tiempo.

6. Es la fe de los peregrinos que venían y siguen viniendo aquí de toda España y desde más allá de sus fronteras. La fe de las generaciones pasadas que “ayer” vinieron a Compostela, y de la generación actual que continúa viniendo también “hoy”. Con esta fe se construye la Iglesia, una, santa, católica y apostólica.

Así, pues, junto al Apóstol Santiago se construye en nosotros la Iglesia del Dios viviente. Esta Iglesia profesa su fe en Dios, anuncia a Dios, adora a Dios. Así lo proclamamos en el Santo responsorial de la liturgia que estamos celebrando:

“El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros; / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación. / ¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben”.

Mi peregrinación por tierras de España acaba aquí, en Santiago de Compostela. He pasado por vuestra patria predicando a Cristo Crucificado y Resucitado, difundiendo su Evangelio, actuando como “testigo de esperanza”, y he encontrado por todas partes apertura generosa, correspondencia entusiasta, afecto sincero, hospitalidad afable, capacidad creadora y afanes de renovación cristiana.

Por eso, en este momento deseo proclamar y celebrar con las palabras del Salmista la gloria y alabanza del Dios vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Sea para la “mayor gloria de Dios”—ad maiorem Dei gloriam— todo este servicio del Obispo de Roma peregrino. Con tal espíritu lo comencé y os ruego que así lo recibáis.

En este lugar de Compostela, meta a la que han peregrinado durante siglos tantos hombres y pueblos, deseo, junto con vosotros, hijos e hijas de la España católica, invitar a todas las naciones de Europa y del mundo— a los pueblos y hombres de toda la tierra— a la adoración y alabanza del Dios vivo, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

“¡Oh Dios!, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben”. Amén.

Papa Juan Pablo II - Acto Europeo

Discurso, 9 de noviembre de 1982 - en español y italiano

Majestades, excelentísimos e ilustrísimos señores, señoras, hermanos,

1. Al final de mi peregrinación por tierras españolas, me detengo en esta espléndida catedral, tan estrechamente vinculada al Apóstol Santiago y a la fe de España. Permitidme que ante todo agradezca vivamente a Su Majestad el Rey las significativas palabras que me ha dirigido al principio de este acto.

Este lugar, tan querido para los gallegos y españoles todos, ha sido en el pasado un punto de atracción y de convergencia para Europa y para toda la cristiandad. Por eso he querido encontrar aquí a distinguidos representantes de Organismos europeos, de los obispos y Organizaciones del continente. A todos dirijo mi deferente y cordial saludo, y con vosotros quiero reflexionar esta tarde sobre Europa.

Mi mirada se extiende en estos instantes sobre el continente europeo, sobre la inmensa red de vías de comunicación que unen entre sí a las ciudades y naciones que lo componen, y vuelvo a ver aquellos caminos que, ya desde la Edad Media, han conducido y conducen a Santiago de Compostela —como lo demuestra el Año Santo que se celebra este año— innumerables masas de peregrinos, atraídas por ιa devoción al Apóstol.

Desde los siglos XI y XII, bajo el impulso de los monjes de Cluny, los fieles de todos los rincones de Europa acuden cada vez con mayor frecuencia hacía el sepulcro de Santiago, alargando hasta el considerado «Fines terrae» de entonces aquel célebre «Camino de Santiago», por el que los españoles ya habían peregrinado. Y hallando asistencia y cobijo en figuras ejemplares de caridad, como Santo Domingo de la Calzada y San Juan Ortega, o en lugares como el santuario de la Virgen del Camino.

Aquí llegaban de Francia, Italia, Centroeuropa, los Países Nórdicos y las Naciones Eslavas, cristianos de toda condición social, desde los reyes a los más humildes habitantes de las aldeas; cristianos de todos los niveles espirituales, desde santos, como Francisco de Asís y Brígida de Suecia (por no citar tantos otros españoles), a los pecadores públicos en busca de penitencia.

Europa entera se ha encontrado a sí misma alrededor de la «memoria» de Santiago, en los mismos siglos en los que ella se edificaba como continente homogéneo y unido espiritualmente. Por ello el mismo Goethe insinuará que la conciencia de Europa ha nacido peregrinando.

2. La peregrinación a Santiago fue uno de los fuertes elementos que favorecieron la comprensión mutua de pueblos europeos tan diferentes, como los latinos, los germanos, celtas, anglosajones y eslavos. La peregrinación acercaba, relacionaba y unía entre sí a aquellas gentes que, siglo tras siglo, convencidas por la predicación de los testigos de Cristo, abrazaban el Evangelio y contemporáneamente, se puede afirmar, surgían como pueblos y naciones.

La historia de la formación de las naciones europeas va a la par con su evangelización; hasta el punto de que las fronteras europeas coinciden con las de la penetración del Evangelio. Después de veinte siglos de historia, no obstante los conflictos sangrientos que han enfrentado a los pueblos de Europa, y a pesar de las crisis espirituales que han marcado la vida del continente — hasta poner a la conciencia de nuestro tiempo graves interrogantes sobre su suerte futura — se debe afirmar que la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo, y que precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes, de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria.

Y todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, del profundo sentimiento de justicia y libertad, de laboriosidad, de espíritu de iniciativa, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan.

3. Dirijo mí mirada a Europa como al continente que más ha contribuido al desarrollo del mundo, tanto en el terreno de las ideas como en el del trabajo, en el de las ciencias y las artes. Y mientras bendigo al Señor por haberlo iluminado con su luz evangélica desde los orígenes de la predicación apostólica, no puedo silenciar el estado de crisis en el que se encuentra, al asomarse al tercer milenio de la era cristiana.

Hablo a representantes de Organizaciones nacidas para la cooperación europea, y a hermanos en el Episcopado de las distintas Iglesias locales de Europa. La crisis alcanza la vida civil como la religiosa. En el plano civil, Europa se encuentra dividida. Unas fracturas innaturales privan a sus pueblos del derecho de encontrarse todos recíprocamente en un clima de amistad; y de aunar libremente sus esfuerzos y creatividad al servicio de una convivencia pacífica, o de una contribución solidaria a la solución de problemas que afectan a otros continentes. La vida civil se encuentra marcada por las consecuencias de ideologías secularizadas, que van desde la negación de Dios ola limitación de la libertad religiosa, a la preponderante importancia atribuida al éxito económico respecto a los valores humanos del trabajo y de la producción; desde el materialismo y el hedonismo, que atacan los valores de la familia prolífica y unida, los de la vida recién concebida y la tutela moral de la juventud, a un «nihilismo» que desarma la voluntad de afrontar problemas cruciales como los de e los nuevos pobres, emigrantes, minorías étnicas y religiosas, recto uso de los medios de información, mientras arma las manos del terrorismo.

Europa está además dividida en el aspecto religioso: No tanto ni principalmente por razón de las divisiones sucedidas a través de los siglos, cuanto por la defección de bautizados y creyentes de las razones profundas de su fe y del vigor doctrinal y moral de esa visión cristiana de la vida, que garantiza equilibrio a las personas y comunidades.

4. Por esto, yo, Juan Pablo, hijo de la nación polaca que se ha considerado siempre europea, por sus orígenes, tradiciones, cultura y relaciones vitales; eslava entre los latinos y latina entre los eslavos; Yo, Sucesor de Pedro en la Sede de Roma, una Sede que Cristo quiso colocar en Europa y que ama por su esfuerzo en la difusión del cristianismo en todo el mundo. Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes. Reconstruye tu unidad espiritual, en un clima de pleno respeto a las. otras religiones y a las genuinas libertades. Da al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. No te enorgullezcas por tus conquistas hasta olvidar sus posibles consecuencias negativas. No te deprimas por la pérdida cuantitativa de tu grandeza en el mundo o por las crisis sociales y culturales que te afectan ahora. Tú puedes ser todavía faro de civilización y estímulo de progreso para el mundo. Los demás continentes te miran y esperan también de ti la misma respuesta que Santiago dio a Cristo: «lo puedo».

5. Si Europa es una, y puede serlo con el debido respeto a todas sus diferencias, incluidas las de los diversos sistemas políticos; si Europa vuelve a pensar en la vida social, con el vigor que tienen algunas afirmaciones de principio como las contenidas en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en la Declaración europea de los Derechos del Hombre, en el Acta final de la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa; sí Europa vuelve a actuar, en la vida específicamente religiosa, con el debido conocimiento y respeto a Dios, en el que se basa todo el derecho y toda la justicia; si Europa abre nuevamente las puertas a Cristo y no tiene miedo de abrir a su poder salvífico los confines de los estados, los sistemas económicos y políticos, los vastos campos de la cultura, de la civilización y del desarrollo (Cfr. Insegnamenti di Giovanni Paolo II, I (1978) 35 ss), su futuro no estará dominado por la incertidumbre y el temor, antes bien se abrirá a un nuevo período de vida, tanto interior como exterior, benéfico y determinante para el mundo, amenazado constantemente por las nubes de la guerra y por un posible ciclón de holocausto atómico.

6. En estos instantes vienen a mí mente los nombres de grandes personalidades: hombre y mujeres que han dado esplendor y gloria a este continente por su talento, capacidad y virtudes. La lista es tan numerosa entre los pensadores, científicos, artistas, exploradores, inventores, jefes de estado, apóstoles y santos, que no permite abreviaciones. Estos constituyen un estimulante patrimonio de ejemplo y confianza. Europa tiene todavía en reserva energías humanas incomparables, capaces de sostenerla en esta histórica labor de renacimiento continental y de servicio ala humanidad.

Me es grato recordar ahora con sencillez la fuerza de espíritu de Teresa de Jesús, cuya memoria he querido especialmente honrar durante este viaje, y la generosidad de Maximiliano Kolbe mártir de la caridad en el campo de concentración de Auschwitz al que recientemente he proclamado santo.

Pero merecen particular mención los Santos Benito de Nursia y Cirilo y Metodio, Patronos de Europa. Desde los primeros días de mi pontificado, no he dejado de subrayar mi solicitud por la vida de Europa, y de indicar cuáles son las enseñanzas que provienen del espíritu y acción del « patriarca de Occidente » y de los «dos hermanos griegos», apóstoles de los pueblos eslavos.

Benito supo aunar la romanidad con el Evangelio, el sentido de la universalidad y del derecho con el valor de Dios y de la persona humana. Con su conocida frase «ora et labora» — reza y trabaja—, nos ha dejado una regla válida aún hoy para el equilibrio de la persona y de la sociedad, amenazadas por el prevalecer del tener sobre el ser.

Los Santos Cirilo y Metodio supieron anticipar algunas cοnquistas, que han sido asumidas plenamente por la Iglesia en el Con cilio Vaticano II, sobre la inculturación del mensaje evangélico en j las respectivas civilizaciones, tomando la lengua, las costumbres y el espíritu de la estirpe con toda plenitud de su valor. Y esto lo realizaron en el siglo IX, con la aprobación y el apoyo de la Sede Apostólica, dando lugar así a aquella presencia del cristianismo entre los pueblos eslavos, que permanece todavía hoy insuprimible, a pesar de las actuales vicisitudes contingentes. A los tres Patronos de Europa he dedicado peregrinaciones, discursos, documentos pontificios y culto público, implorando sobre el continente su protección, y mostrando a la vez su pensamiento y su ejemplo a las nuevas generaciones.

La Iglesia es además consciente del lugar que le corresponde en la renovación espiritual y humana de Europa. Sin reivindicar ciertas posiciones que ocupó en el pasado y que la época actual ve como totalmente superadas, la misma Iglesia se pone al servicio, como Santa Sede y como Comunidad católica, para contribuir a la consecución de aquellos fines, que procuren un auténtico bienestar material, cultural y espiritual a las naciones. Por ello, también a nivel diplomático, está presente por medio de sus Observadores en los diversos Organismos comunitarios no políticos; por la misma razón mantiene relaciones diplomáticas, lo más extensas posibles, con los Estados; por el mismo motivo ha participado, en calidad de miembro, en la Conferencia de Helsinki y en la firma de su importante Acta final, así como en las reuniones de Belgrado y de Madrid; esta última, reanudada hoy; y para la que formulo los mejores votos en momentos no fáciles para Europa.

Pero es la vida eclesial la que es llamada principalmente en causa, con el fin de continuar dando un testimonio de servicio y de amor, para contribuir a la superación de las actuales crisis del continente, como he tenido ocasión de repetir recientemente en el Simposio del Consejo de las Conferencias Episcopales Europeas (Cfr. IOANNIS Pauli PP. II Allocutio ad Consilium Conferentiarum Episcopalium Europae habita, die 5 oct. 1982: vide supra, pp. 689 ss.).

7. La ayuda de Dios está con nosotros. La oración de todos los creyentes nos acompaña. La buena voluntad de muchas personas desconocidas artífices de paz y de progreso, está presente en medio de nosotros, como una garantía de que este Mensaje dirigido a los pueblos de Europa va a caer en un terreno fértil.

Jesucristo, el Señor de la historia, tiene abierto el futuro a las decisiones generosas y libres de todos aquellos que, acogiendo la gracia de las buenas inspiraciones, se comprometen a una acción decidida por la justicia y la caridad, en el marco del pleno respeto a la verdad y la libertad.

Encomiendo estos pensamientos a la Santísima Virgen, para que los bendiga y haga fecundos; y recordando el culto que se da a la Madre de Dios en los numerosos santuarios de Europa, desde Fátima a Ostra Brama, de Lourdes y Loreto a Częstochowa, le pido que acoja las plegarias de tantos corazones: para que el bien continúe siendo una gozosa realidad en Europa y Cristo tenga siempre unido nuestro continente a Dios.

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